MOAB (UTAH) ABRIL DEL 2000
Luego de organizar una travesía
en Córdoba para Semana Santa, en la que fuimos casi 30 participantes,
solo un día después de llegar a Buenos Aires agotado
por todo el esfuerzo de organización, me tomé un avión
a Estados Unidos, precisamente a Utah, en un vuelo agotador ya que
tuve que hacer conexión en Miami y Dallas antes de llegar
a Salt Lake City, su capital, y la que concentra la comunidad de
mormones más grande del mundo.
Como todo viaje, el primer día es el indicado para los desencuentros,
asi fue como demoré más de una hora en encontrar en
las guías el único hostel que había, me tomé
un bus y me perdí, luego perdí tiempo hasta darme
cuenta que los taxis solo venían si uno los llamaba por teléfono,
y tardé más tiempo en conseguir moneditas de 0,25
cents, para poder llamar alguno, así que finalmente llegué
agotado luego de semejante trajín y preferí dejar
este primer día en el olvido. El plan era estar un día
en Salt Lake City para luego alquilar un auto e irme a Moab, la
meca mundial para la práctica del mountain bike.
En el hostel conocí un holandés muy macanudo, con
quien recorrimos el Capitolio, los shoppings hasta llegar a ver
uno de los "highlights" de la ciudad, al ver en acción
al coro de más de 200 mormones en el Templo, en el que luego
de 15 minutos uno ya se siente un angelito.
Para no llegar directamente a que nos santifiquen, resolvimos continuar
el día con un poco de rock & roll para balancear!
Lo más admirable de Salt Lake, una ciudad nada compacta pero
muy prolija y rodeada de montañas, es que fue fundada sobre
un desierto por Brigham Young el siglo pasado. En el 2002 será
sede para las Olimpíadas invernales, ya que cuenta con gran
cantidad y calidad de nieve en polvo, lo que la convierte en uno
de los mejores lugares del mundo para la práctica del ski
o snowboard.
Luego de esta jornada de caminata tuvimos la sorpresa en la noche
de tener que demostrar con nuestros documentos que éramos
mayores de 18 años, para poder tomar una cerveza mientras
cenábamos. Al día siguiente me despedí de Martijn
y alquilé temprano un Chevrolet Cavallier, para emprender
el camino a Moab, distante 250 millas en dirección sur.
Como no iba apurado y respetaba todas las leyes de tránsito
y velocidades máximas, llegué alrededor de las 6 p.m.
sintiendo por momentos que formaba parte de la película Thelma
& Louise, en medio de cañones y cruzando con emoción
el Río Colorado.
Luego de buscar, encontré el Hostel "The Lazy Lizard",
ubicado en las afueras de Moab, y con un aspecto de rústico
y para viajeros de verdad, que me encantó. Esa misma noche,
me costó romper un poco el hielo e integrarme al resto de
personas que había en el hostel. Allí conocí
varios norteamericanos, un par de canadienses, Jeremy de Australia
y otro sudafricano. La mayoría estaban para hacer honores
a la actividad que más fama le dio a Moab: el mountain bike.
Encontré una gran influencia hispana e indígena, aunque
de estos últimos no haya quedado mucho. Mi objetivo era conocer
la zona, para realizar en el futuro alguna travesía, y de
paso salir a pedalear. Al día siguiente luego de un buen
desayuno, combiné con Jeremy para ir a llevar su bici para
hacerle una pequeña reparación y de paso alquilarme
una bike para conocer el SlickRock trail, el sendero más
famoso de Moab.
Con todo el equipo listo, dejamos el auto en el centro y desde allí
partimos en bici.
Jeremy me sugirió cargar agua, y al ver que llevaba solo
una caramañola, y me dijo no! Más agua!! Luego entendí
porque me lo decía. Desde el pueblo hasta la entrada al sendero,
donde hay guardaparques y control, se sube en 15 minutos exigentes
que le permiten a uno una buena entrada en calor.
Gracias al cielo no estaba totalmente despejado, ya que el sol hubiera
sido feroz. Moab cuenta con un clima seco, con marcadas estaciones
de lluvia y sequía, y en primavera el sol ya era duro de
soportar.
Quedé azorado al ver la cantidad de camionetas 4x4 y Jeeps
que había: la gran mayoría venían de diferentes
partes de USA para hacer mountain bike y habría más
de doscientos vehículos.
Jeremy estaba imparable y enseguida me llevó a la vuelta
de práctica antes de entrar definitivamente al sendero.
El terreno era de piedra colorada y áspera, con subidas y
bajadas constantes, marcado con líneas de pintura blanca
y muy exigente tanto a nivel físico como técnico.
La vuelta inicial tiene poco más de una milla, y al ritmo
de Jeremy, y soportando una bici alquilada, mientras trataba de
habituarme a este nuevo tipo de camino no existente en Argentina,
me resultó un poco pesada. Grande fue mi sorpresa, cuando
a la primer parada Jeremy me dijo, "bueno ahora comienza el
verdadero sendero que tiene 12 millas!!"
El australiano llevaba 15 días
allí y por poco lo conocía de memoria, pero poco a
poco le fui tomando la mano, y allí comenzó el verdadero
placer de conducir la bici por medio de un camino que ofrece una
sorpresa a cada instante. Había momentos donde uno necesitaba
grandes cualidades técnicas, y en seguida venía una
subida como para llegar a doscientas pulsaciones, y luego un tobogán
de 40 metros, todo resultaba increíble. Decir que tomamos
agua fue poco!! Entre los dos tomamos seis litros y aun así
siempre estaba esa sensación de necesitar más, así
que este es uno de los consejos más importantes. El almuerzo
fue barras de granola con un conjunto de frutas secas y pasas de
uva en un lugar privilegiado: un anfiteatro en el cual veíamos
el río Colorado y el cañon que de a poco se comenzaba
a formar, en medio de todo el paisaje desértico y rojizo
de Utah.
Hicimos un descanso luego del almuerzo,
que aún así no me resultó suficiente, y retornamos
cada uno en diferentes momentos. La vuelta entonces resultó
más divertida y placentera que la ida, ya que podía
volver a mi ritmo y habiendo ganado más dominio de la bici
en este terreno.
Nos encontramos con Jeremy en la bicicletería, para devolver
la bici que había alquilado y hacer una buena elongación.
Luego de una ducha y junto a Jeremy, Jeff y Morley dos canadienses
que también estaban en el Hostel surgió otro programa:
Ir en el auto al Arches National Park, ubicado a solo 15 minutos
de ruta, a ver el atardecer sobre el Delicate Arch, un arco natural
formado por la erosión del viento y el agua, de más
de 12 metros. Ya en el Parque y luego de un trekking de media hora
llegamos y el espectáculo fue deslumbrante. Habría
más de veinte personas de edades, sexos y nacionalidades
diferentes, esperando ese momento clave en el cual el sol se ponía
iluminando el arco, quien devolvía con todo su esplendor
un matiz de vivos rojos fuego, naranjas y ocres que dejó
a todos sin aliento.
Volvimos a buscar el auto y desde allí nos fuimos a cenar
comida mexicana a "La Hacienda" donde terminamos riéndonos
y charlando sobre los momentos vividos en ese día.
Mariano D'Alessandro
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