
VALLES
CALCHAQUIES
La Partida
Había mucha ansiedad en esa partida. La semana laboral había
concluido, de a poco iban llegando los bikers al punto previsto
para la partida con su equipo personal, bolsas de dormir, aislantes,
bolsos, bicicletas, cascos, la organización aportaba lo suyo:
los bolsos con equipo mecánico, el botiquín, las interminables
cajas con los alimentos necesarios para la travesía, el equipo
de cocina, las garrafas, había que prestar mucha atención,
nada podía quedar en Buenos Aires y todo debía entrar
en el minibús y en el trailler. Durante la carga de las bicicletas
habían comenzado las primeras bromas, había una gran
ventaja y es que cada uno de los participantes, ya había
viajado con nosotros al menos una vez, y eso allanaba el camino.
Había mucha ansiedad; en el año 2000 habíamos
planificado la travesía, en el 2001 la habíamos relevado,
es decir habíamos viajado para conocer los caminos, medir
el kilometraje de cada etapa, conocer guías de mountain bike
locales, los desniveles de altura, alojamientos, puntos posibles
de campamentos y almuerzos y había llegado el día
de comenzar a rodarla. La expectativa era enorme.
Había mucha ansiedad; participantes que llegaban desde los
Estados Unidos, algunos que llegaban en diferentes vuelos desde
Bs As, otros que llegaban desde Corrientes, Santa Fe y Tandil, muchos
horarios diferentes para coordinar, el grupo era súper heterogéneo,
cada uno enriquecería al montón con su cultura, estilos,
educación y costumbres.
Partimos finalmente y llegamos a Salta capital luego de veintiocho
extenuantes horas de minibús, atravesando las provincias
de Bs As, Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán
y parte de Salta, esa noche tuvimos nuestro merecido descanso en
un albergue de la capital salteña y allí el grupo
estuvo definitivamente completo.
Al día siguiente la travesía comenzó, se unieron
Rolo y Marcos, quienes oficiarían de guías además
de quien escribe y partimos en vehículo hacia Piedra del
Molino, el punto más alto a 3348 m.s.n.m, de la ruta que
va desde Salta hacia Cachi atravesando la Cuesta del Obispo.
Hacia los 3300 metros!
Sin sentir puna, el grupo iba muy animado en el vehículo,
primero escuchando la charla o briefing de bienvenida, luego mientras
cada uno se presentaba y por último viendo el imponente paisaje
y camino en zig-zag que teníamos del otro lado de las ventanillas.
Almorzamos y luego le llegó el turno a la acción,
preparamos las bicis y comenzamos a rodar, descendiendo hacia el
oeste primero por la ruta 33 y luego por la 42. El paisaje era alucinante,
la aridez, los cardones -hábiles sobrevivientes del desierto-
las diferentes tonalidades de rojos eran los ingredientes de este
espectáculo, y mientras el grupo descendía con ritmo
sostenido, quizás dejando pasar los paisajes, quizás
no pudiendo reparar en muchos detalles, pero entregado al ritmo,
al esfuerzo, liberando esa ansiedad que habían acumulado
en los días previos a la travesía.
Valles Calchaquies: tres valles diferentes
Luego de 50km y de cruzar los Valles Encantado y Cachipampa, todos
eligieron continuar pedaleando, hasta llegar a las 21.00hs a Cachi,
luego de pedalear una hora y media en la penumbra total.
Estaba claro que la travesía se presentaba en forma intensa
desde todo punto de vista y en todas sus formas, no había
espacio para las medias tintas, eran necesarias la fuerza, la destreza
y la resistencia -como decía Carlos, uno de los participantes
de Corrientes- para recién comenzar a disfrutar. La recompensa
serían los paisajes, las enseñanzas, las experiencias
y la convivencia con las otras quince personas que formaban el grupo.
En un nuevo día partimos desde Cachi, tuvimos un gentil encuentro
con la prensa local, visitamos el pueblo, su iglesia con arte en
madera de cardón, descubrimos la historia que habla de colonización
española, de riquezas robadas, influencia aborigen desde
el Altiplano, la fuerte identidad local, sus construcciones típicas
e higiene intachables y luego de entrar en calor nos entregamos
nuevamente a la acción. Hicimos con mucho esfuerzo 15km en
puro ascenso, trepando más de cuatrocientos metros en muy
poco tiempo y en poca distancia. Una de las ladies del grupo -Sonia-
sufrió la puna, y tuvo que regresar con uno de los guías,
luego de descomponerse. Llegamos finalmente hasta la escuela Las
Arcas, desde donde obtuvimos la mejor foto del Nevado de Cachi de
más de 6300 m.s.n.m, cruzamos el río a través
de un puente peatonal, admiramos la variedad de colores que ofrecía
el paisaje, observando Cachi muy lejos y muy abajo en el horizonte,
fotografiamos los campos llenos de ajíes secándose
y en veinte minutos descendimos disfrutando la adrenalina y excitación
de conducir la mountain bike por caminos sinuosos en descenso. Llegamos
a Cachi todos vivitos y coleando y nuestro equipo de apoyo ya tenía
el almuerzo preparado: matambre con vitel tonné! Obviamente
Sonia tuvo que abstenerse y estar a te y galletitas todo el día.
En la tarde y sobre la ruta 40, recorrimos 27km hasta llegar a Seclantás,
acompañando al Valle Calchaquí. Nos alojamos en cabañas
-en ese momento el hecho de dormir en camas, con sábanas
y almohadas, y poder disfrutar de una ducha caliente eran elementos
que cotizaban en lo más alto del mercado negro de la travesía,
solo superadas por el buen vino tinto y la cerveza local "Salta"
que acompañaban cada cena-.
La rutina de cada día comenzaba con el desayuno a las 8.15hs
de la mañana, la preparación, revisación y
limpieza de las bicis a las 9.00hs y a las 10.00hs todos listos
para comenzar la jornada. Dos participantes por día debían
colaborar con el equipo organizador, con las tareas domésticas
de la travesía, para hacer más eficiente el uso del
tiempo y poder disfrutar de la bici, que era el objetivo principal.
El día más exigente
Ese día comenzamos el que sería el más duro
de la travesía. Partimos desde Seclantás, cruzamos
el río Calchaquí hacia el oeste y comenzamos un exigente
ascenso hacia la Laguna de Brealito. El trayecto a recorrer era
de 22km de ida, pero la distancia engañaba, había
ochocientos metros de desnivel a superar entre los dos mil doscientos
y los dos mil novecientos metros sobre el nivel del mar y la diferencia
de oxígeno en el aire era muy notoria y transformaba cada
vuelta de pedal en un ejercicio muy intenso, sobretodo para quienes
estamos habituados a vivir a nivel del mar. El camino primero ancho
y suave, fue haciéndose cada vez más duro, los cardones
cada vez más grandes eran testigos silenciosos de nuestro
sufrimiento voluntario y luego de diez kilómetros superamos
la primer cuesta importante y reagrupamos aprovechando que había
que reparar una pinchadura. Estas fueron una constante en toda la
travesía, organizamos una competencia que finalmente ganó
Johnny con seis pinchaduras! Fue un buen consejo el agregar líquido
antipinchaduras y la colocación de bandas de kevlar por dentro
de las cubiertas.
El siguiente punto de encuentro y luego de un descenso momentáneo
que sirvió para liberar nuestras piernas de tanto esfuerzo,
fue el pueblo de Brealito. La fatiga era considerable y todavía
no había pasado lo peor! Quedaban los últimos cinco
kilómetros de ascenso en caracol hasta llegar al abra. El
camino era increíble y el zig- zag y el caracol, nos permitía
ver a nuestros compañeros trepar en diferentes partes del
mismo, por momentos usábamos la relación de cambios
para máximo esfuerzo, en silencio, solo escuchando el ruido
de las ruedas en contacto con el suelo y la propia respiración
trabajando en forma constante como un tren a vapor. Llegamos finalmente
a la Laguna, un espejo verde en medio de los cerros colorados, que
no encajaba, que parecía imposible de ser real mezclada con
tanta aridez.
Luego del merecido descanso y almuerzo, iniciamos la vuelta con
el desafío de llegar antes de que oscurezca. Todo lo sufrido
en la mañana se transformó en un montón de
sentimientos confusos y mezclados al comenzar a descender, entre
ellos había alegría, emoción, derroche de adrenalina,
satisfacción personal y mucha concentración. La elongación
final, los masajes para relajación y la ducha de agua caliente
hicieron lo que faltaba para terminar un día perfecto.
Marcos, nuestro guía local, se despidió del grupo
esa noche, su aporte había sido aprovechado por todo el grupo.
Desde Seclantás continuamos en vehículo hasta Molinos,
un pueblo con mucha historia y una Iglesia color crema que es una
belleza. Siempre nos acompañaba el buen tiempo, no hay ni
soles ni noches estrelladas como las que se pueden vivir en esta
región. Luego del almuerzo hicimos 47km por la Ruta 40 hasta
llegar a Angastaco. Lentamente se iban perdiendo de vista los nevados
de más de seis mil metros, el paisaje continuaba ofreciendo
sus contrastes de cerros rojos, valles verdes, casas de adobe y
ajíes secándose al sol, tuvimos oportunidad de cruzarnos
con zorros, llamas y guanacos y por segunda vez llegamos a destino
de noche. Nuestro albergue era un poco más precario, cenamos
pastas con pesto y salsa de roquefort, tuvimos nuestro vino tinto
y nos olvidamos del cansancio y nos dedicamos a divertirnos hasta
la hora de ir a dormir.
Para los argentinos, a diferencia de ciclistas de países
extranjeros, es tan importante disfrutar de paisajes, descensos,
esfuerzo sobre la bici como de una buena cena, con mucha charla,
diversión y cerveza o vino que acompañen la velada
y este grupo no era la excepción.
Quebrada de las flechas, increíble!
En Angastaco comenzamos uno de los caminos más espectaculares
que yo haya hecho alguna vez. Se llama Quebrada de las Flechas y
esta compuesto por una serie de formaciones injclinadas que acompañan
durante 20km hasta el cruce del Río Calchaquí. Allí
es donde tuvimos muchísimas paradas obligadas, las máquinas
de fotos no paraban de trabajar, se acababan los rollos, los caprichos
de la naturaleza no dejaban de asombrarnos mientras descendíamos
suavemente camino a San Carlos. Antes de llegar a la ciudad entramos
en un camino de pavimento que fue un alivio para más de uno
y nuestras partes menos nobles comenzaron finalmente sus merecidas
vacaciones. En San Carlos hicimos nuestra elongación frente
a la Iglesia, y como quedaban 27km hasta Cafayate, cargamos las
bicis en el trailler, mientras la mayoría fue de compras,
aprovechando los tapices, el vino patero, las artesanías
y el queso de cabra locales que son todas una delicia.
Llegamos a los bungalows en Cafayate, cenamos ravioles y a dormir.
El día siguiente iba a ser diferente: mañana libre
para visitar el centro de Cafayate o para visitar alguna bodega,
mientras los cocineros preparábamos el plato del mediodía,
unos piononos con salmón y palmitos acompañados por
huevos rellenos, de los que no quedó ni una miguita.
El plan era hacer en vehículo solo 20km de la ruta 68 que
comunican Cafayate con Salta capital, para luego bajar las bicis
del trailler y comenzar a rodar por la alucinante Quebrada de las
Conchas o Quebrada de Cafayate. Habíamos elegido pedalear
en la tarde para disfrutar el estallido de los rojos en el atardecer.
Comenzamos en "El Paso", seguimos por "La Yesera",
"Casa de loros", "El Sapo", "Santa Bárbara",
"Garganta del diablo", "Las abritas" hasta llegar
casi sin luz a "Las Curtiembres" totalizando 50km de recorrido
a través de las formaciones más extrañas que
hayamos visto y que parecen sacadas de una película del oeste
americano. En "Garganta del diablo" entramos a un cañon
espectacular hasta donde los más veteranos hacían
gala del eco que poducían con sus gritos y chillidos. Cualquier
salteño hubiera pensado cual sería el problema psicológico
de esos ciclistas.
La travesía estaba concluyendo y esa última noche
salimos a cenar en un restaurante de Cafayate. Fue extraño
vernos vestidos sin nuestros coloridos atuendos de ciclismo! Esa
cena fue espectacular, todos demostraron mucha unión y compromiso,
y pudimos expresar todo lo bien que lo habíamos pasado juntos.
Para el último día el programa era la visita a las
Ruinas de Quilmes para luego hacer el descenso desde la Cuesta del
Infiernillo a más de 3000 m..n.m. hasta Tafi del Valle y
luego el descenso hasta Famaillá.
El primero se hizo sin inconvenientes, hacía mucho frío
allí arriba, el viento era muy fuerte y el descenso fue muy
veloz y divertido. Almorzamos en Tafi, visitamos la ciudad y al
momento de recomenzar a pedalear una nube iba cubriendo lentamente
el Embalse La Angostura, el lugar hacia donde nosotros nos dirigíamos.
Desde allí comenzaba el descenso a Famaillá con la
particularidad de que el clima seco de puna se transformaba en Selva
Sub-tropical a medida que bajábamos. Tuvimos que parar y
cargar las bicis en el trailler, ya que las nubes se cerraron en
una niebla muy densa, el suelo estaba húmedo y el tránsito
vehicular no aportaba mucha seguridad. La conclusión fue
que disfrutamos intensamente los siete días de bici y no
había necesidad de correr riesgos pocas horas antes de concluir
la misma.
Cargamos las bicis en el trailler e hicimos, con un poco de pena,
ese descenso espectacular viajando en el minibús. Al llegar
a San Miguel de Tucumán un halo de pena se podía respirar.
En ese lugar nos separábamos, algunos volvíamos en
minibús, otros volvían a Bs As en avión, otros
a sus respectivas ciudades por su cuenta y los norteamericanos volvían
a su país.
Exteriorizamos nuestra emoción, nos prometimos el envío
de fotos y dejamos la fecha abierta para otra nueva aventura.
Texto y fotos: Santiago y Mariano D'Alessandro
Para más información:
4776-3727
info@mtbtours.com

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